La monarquía británica empieza a pensar en el futuro

Por DANICA KIRKA

LONDRES (AP) — Apaguen los faroles, retiren el escenario, guarden las banderas. Se acabó la fiesta.

Tras cuatro días de desfiles, festejos callejeros y un concierto de gala celebrando los 70 años de Isabel II en el trono, un saludo de la reina con su mano desde el Palacio de Buckingham puso fin el domingo a las ceremonias mientras la gente cantaba “God Save the Queen” (Dios salve a la reina), el himno de la realeza.

Pero a medida que los tributos a Isabel se diluyen, los británicos se van dando cuenta de que la segunda era isabelina está llegando a su fin.

La monarca de 96 años, limitada en los últimos meses por lo que el palacio real describe como “asuntos temporales que afectan su movilidad”, hizo apenas tres presentaciones públicas muy breves durante el Jubileo. Su hijo y heredero, el príncipe Carlos, de 73 años, tomó su lugar en los restantes eventos.

“Inevitablemente, la vamos a perder en algún momento. Se puede decir que estos son los últimos momentos de un reinado dorado, ¿no le parece?”, expresó el historiador y biógrafo real Hugo Vickers en declaraciones a la Associated Press. “Por eso todo esto es un poquito triste, según mi parecer”.

De hecho, ese fue el trasfondo de todos los eventos del fin de semana. Los diarios, la televisión e incluso los muros del palacio se llenaron de imágenes de Isabel a lo largo de los años, reflejando su transformación de una reina joven y encantadora en una abuela con una cartera que no deja nunca, que adora los caballos y los perros galeses.

Isabel es la monarca que más tiempo ha servido en la historia del Reino Unido, la única soberana que ha conocido la mayor parte de la gente.

Esa longevidad le ha generado un profundo cariño de parte de la población. Y habrá que ver si ese cariño hacia la Casa de Windsor es heredado por Carlos llegado el momento.

Desde el desfile militar que puso en marcha los festejos hasta la procesión que los dio por concluidos, la familia real trató de alentar esa continuidad de sentimientos, resaltando las tradiciones históricas de la monarquía y su papel como institución unificadora que ayuda al país a celebrar sus éxitos y ofrece consuelo en tiempos duros.

Carlos fue el epicentro de los festejos al sustituir a su madre.

Con una chaqueta militar ceremonial roja y un sombrero de piel de oso, presidió el desfile militar del jueves con motivo del cumpleaños de la reina. Al día siguiente, fue el último invitado en ingresar a la Catedral de San Pablo. Se sentó en el frente de la iglesia para asistir a un servicio en homenaje a la reina. El sábado rindió tributo a “su majestad, mi mami”, durante un concierto de grandes luminarias.

La realeza sabe que tiene mucho trabajo por delante. A lo largo del último año fue sacudida por denuncias de racismo y de bullying, por un escándalo sexual que involucra al príncipe Andrés y por pedidos de que se disculpe por el papel histórico de Gran Bretaña en la esclavitud de millones de africanos.

Si los Windsor necesitaban prueba alguna de la popularidad de todo lo vinculado con la realeza, basta observar las decenas de miles de personas que se amontonaron en las calles y los parques de los alrededores del Palacio de Buckingham para alentar, agitar la bandera de la Unión y decir “gracias, mi señora”, en los últimos cuatro días.

Las manifestaciones de apoyo del público son vitales para la supervivencia de la monarquía, de acuerdo con el historiador de la realeza Ed Owens.

“El Jubileo se define no solo por la presencia de la reina, sino por la de muchos otros actores, incluido el público británico”, dijo Owens, autor de “The Family Firm: Monarchy, Mass Media and the British Public 1932-1953” (La firma de la familia: La monarquía, los medios de prensa y el público británico 1932-1953).

“El Jubileo es una celebración de la reina y del pueblo británico”, acotó.

Desde que asumió el trono tras la muerte de su padre el 6 de febrero de 1952, Isabel ha sido un símbolo de estabilidad en momentos en que Gran Bretaña negociaba el fin de un imperio, el nacimiento de la era de la información y las migraciones masivas que transformaron el país en una sociedad multicultural.

En medio de todo esto, la reina estableció un fuerte vínculo con la nación a través de una serie inacabable de presentaciones públicas, inaugurando bibliotecas, dedicando hospitales y concediendo honores a personas que los merecían.

El actor Stephen Fry captó esta vida de servicios, alejada de los pomposos desfiles y de las grandes ocasiones, al rendirle tributo durante el concierto del sábado frente al Palacio de Buckingham.

“¿Cuántas cloacas inauguró su majestad con una sonrisa? ¿Cuántas placas develó? ¿Cuántos árboles plantó? ¿Cuántas cintas cortó en presentaciones de barcos?”, preguntó Fry. “¿Cuántos primeros ministros toleró? Tan solo por eso, no hay admiración que alcance”.

Si bien le hubiera gustado poder ver más a la reina, gente como Anne Middleton, de 61 años, comprende las limitaciones que puede imponer la salud. Ejecutiva del área de los recursos humanos, Middleton viajó desde Gales a Londres por un fin de semana largo. Luciendo las uñas pintadas de rojo, blanco y azul, y un vestido cubierto con banderas de la Unión y de Gales, ella y sus amigas observaron el concierto del sábado sentadas en bancos del St. James’s Park.

“Queríamos venir y dejarle saber que estamos con ella”, dijo Middleton. “Porque ella siempre estuvo cuando la necesitamos”.

Las presentaciones públicas de la reina durante el Jubileo fueron breves, pero simbólicas, subrayando los tres pilares de su reinado: Su vínculo personal con la gente, fuertes lazos con las fuerzas armadas y el apoyo de la Mancomunidad, formada por 54 naciones que fueron colonias británicas.

El jueves por la tarde observó desde un balcón del Palacio de Buckingham el paso de 70 aviones militares. Posteriormente participó en el encendido de un farol en el Palacio de Windsor, un evento asociado con la Mancomunidad.

El fin de semana concluyó con otra presentación en un balcón, esta vez acompañada únicamente por el príncipe Carlos y su esposa, y por el príncipe Guillermo, su esposa y sus hijos. El mensaje no pudo ser más claro: Este es el presente y el futuro de la monarquía.

Robert Lacey, historiador de la realeza que asesoró a los realizadores de la serie “La corona” de Netflix, considera que la conexión de la gente con la familia real se mantendrá.

“La realeza tiene algo mágico. El que no quiera verlo, asunto suyo”, señaló. “Pero para muchos británicos, ese momento mágico se produce cuando la reina o el príncipe Carlos llegan a tu barrio. Sientes esa magia. No es nada divino. Te dice que eres parte de algo más grande, de una sociedad, una comunidad”.