Una para todas y todas para una

0072215-salud-pix-2Una para todas y todas para una

Creo que toda madre  jamás desea que se le enferme un hijo. Es más, siempre preferimos ser nosotras a las que nos pase de todo antes que a ellos.

Después de nuestro viaje misionero empecé a sentirme mal, pero a la mañana siguiente mi hija, Victoria, estaba con fiebre y dolor. Eso provocó que me olvidara de mí y saliera corriendo con ella para el hospital.

Mientras los médicos me indicaban que tenían que hospitalizarla, me llaman para decirme que Lara también se estaba sintiendo mal.

Uffff, mis dos princesas estaban enfermas. A las dos me las dejaron hospitalizadas. Jamás pensé vivir algo así.

Recordé en ese momento que hace años a una gran amiga le pasó lo mismo con sus hijas, quienes estaban pequeñas. Siempre recuerdo su cara al verme entrar a la habitación de sus princesitas, pero sobre todo su rostro de preocupación y cansancio, pero de mucho amor por sus niñas.

En ese tiempo yo estaba comenzando a dar mis primeros pasos como mujer de fe. Recuerdo que antes de retirarme de la habitación, oré por las niñas.

Estando con mis princesas en la habitación, mis pensamientos se trasladaron a ese momento cuando comenzaba  a aprender a activar mi fe. Pero a la vez, vi cómo el Señor traía a mi memoria todos los momentos en que mi dolor, duda y temor se desvanecían cuando clamaba a Él directamente.

Vi cómo a través de distintas situaciones mi fe fue creciendo… madurando. Pero sobre todo, cómo una vez más sentía que Dios me decía: “Descansa en mí”.

¡Oh, Dios! Tenía una gran lucha. No quería atenderme por estar con ellas. Entendía que ellas me necesitaban, que solo yo podía cuidarlas.

Mis fuerzas se me iban agotando, mi cuerpo temblaba y mi cabeza estallaba… Pero yo solo respondía: estoy bien, estoy con mis niñas.

Cuántas cometemos ese mismo error. Nos creemos robots, inmunes a cualquier cosa, a cualquier enfermedad, cuando en realidad somos humanos y si no nos cuidamos primero, jamás podremos darle a nuestros tesoros los cuidados que se merecen.

Decidí descansar en el Señor, confiar que Él tomaría el control de todo y que la bendición que nos permitió vivir no nos la robaría ese momento.

Así que me dejé atender. Me estabilizaron y Dios fue tan bueno que me permitió recuperarme junto a mis princesas. Y hasta juntas nos vacilamos el momento, nos reíamos una de la otra por cómo nos veíamos. Fuimos una para todas y todas para unas.

Por eso, tú mujer que probablemente estas cuidando a un ser amado, ya sea en un hospital o en la casa, nunca olvides que Dios puede estar en control primeramente si tú se lo permites. Que Él va a enviar seres especiales para cubrirte. Solo Él puede renovar tus fuerzas y sanarte, siempre y cuando tú hagas tu parte. Mujer, en medio del dolor y de la enfermedad, recuerda siempre que el Señor es tu sanador. “Y por sus llagas fuimos nosotros curados,” Isaías 53:5

¡Dios te Bendiga!

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