Los casi estadounidenses

Akron– Su televisor mostraba otra reunión para celebrar el tan esperado anuncio del presidente Obama acerca de la reforma de inmigración, aunque Marilú Morales sólo percibió un ruido sin sentido.

“¡Gracias al presidente Obama!”, gritó un presentador de Univisión, mientras que Marilú de 29 años de edad, regresaba a casa después de otro turno de media noche, dejándose caer en un sillón.

Posteriormente, necesitó del sonido de la televisión para que la ayudara a conciliar el sueño.

También tuvo que tomar una tableta de Tylenol, cerrar las persianas y cualquier otra cosa que pudiera hacerla olvidar lo que se había convertido su vida en 10 semanas desde que su esposo, Javier Flores, había sido deportado.

Sus cuatro hijos estaban despiertos y estaban preparándose para irse a la escuela, la de 4 años de edad vistió a la de 1 año con unos pantaloncillos cortos y unos tenis que no le combinaban; el de 10 años le ayudaba a la de 8 años con la última parte de su tarea de matemáticas.

Javier Flores, el esposo de Marilú, reflexionaba en su pueblo natal, La Mixtequita, México.

Flores fue deportado después de ser detenido debido a que las placas de su vehículo habían expirado.

El apartamento estaba decorado con globos y serpentinas de hacía dos semanas antes, ya que Marilú recibió a unos amigos para ver el anuncio de Obama sobre los detalles específicos de su acción ejecutiva sobre inmigración.

Escucharon decir a Obama que era cruel separar a los hijos de sus padres, que Estados Unidos estaba tratando de mantener unidas a las familias.

“Llegó el momento de trazar la línea”, dijo Obama, explicando cuáles inmigrantes ilegales podrían solicitar su estatus legal y cuáles no podrían hacerlo, y luego trazó una línea que atravesó por el centro de su familia y de casi un millón de personas como ella, aunque unas ya habían sido separadas por las recientes deportaciones.

De acuerdo a la acción ejecutiva de Obama, Javier, quien podría haber calificado para un aplazamiento si lo hubiera hecho 10 semanas antes, tendría que quedarse varado en México.

Sus hijos, quienes todos son ciudadanos estadounidenses, sólo podrían vivir con sus dos padres si lo acompañaran a él en una población de 900 habitantes que se encuentra cerca de la frontera guatemalteca.

Mientras que Marilú, quien es inmigrante ilegal y de acuerdo al plan de Obama inesperadamente se encuentra segura en Estados Unidos por primera vez en 13 años, empezó a preguntarse si era el momento de salir del país.

“¡Tú casi eres estadounidense!”, le escribió Javier a Marilú esa noche, después del anuncio de Obama, tratando de darle esperanzas.

“Tal vez sea mejor ser mexicana”, respondió ella.  “Cada día que paso sin tí es un desastre”.

Hasta donde podía recordar, la suya había sido una vida difícil: Siempre tenía algún nuevo problema.

Aunque siempre le llegaba la solución a tiempo.

Unos días después, recibió un correo de voz del director de la Escuela Católica St. Mary.

“Sra. Morales, lo siento, pero las cosas no pueden seguir de esta manera”, dijo el director.

“Estamos preocupados por sus hijos. Edwin está comportándose mal nuevamente. Necesitamos hablar con él”.

Marilú le telefoneó a Javier desde su auto.

“¿Está todo bien?”, le preguntó Marilú, ya que últimamente, él había estado muy preocupado.

“Ya no me hacen caso, ni a mí, ni a sus maestros”, le dijo Marilú.

Había pasado un mes desde que Marilú llevó a sus hijos a un parque infantil.

“No puedo llevarlos a ningún lugar yo sola, no a los cuatro”, le dijo a Javier.

“Nos quedamos sentados, esperamos y no hacemos nada”.

“Eso no puede ser verdad”, respondió Javier.

“Ahora todo es diferente”, le dijo ella.

“¿Pero, qué podemos hacer?”, preguntó él.

“Estamos estancados”, dijo ella.

“Sí, lo sé”, respondió él.

Marilú se reunió con Dahlberg, quien es su amiga y es activista sobre inmigración.

Observó un edificio adornado con banderas estadounidenses y el sello oficial del gobierno, en lugar de evitarlo, se dirigió al estacionamiento.

“Quiero obtener pasaportes para mis hijos”, dijo Marilú cuando quedó al frente de la línea.

“¿Cuándo va a viajar?”, le preguntó el empleado.

“Pronto”, respondió ella.

Explicó que ninguno de sus cuatro hijos tiene documentos para viajar. Ella espera recibirlos de inmediato.

Dahlberg habló con un empleado, recolectó una pila de documentos y se los tradujo a Marilú cuando regresaron al auto.

“Esto no va a ser fácil”, dijo Dahlberg.

“Está bien”, respondió Marilú, “si puedo hacerlo”.

Había formatos para cada niño, y ella estudió las preguntas y consideró las respuestas.

Lugar de nacimiento: “Estados Unidos”, dijo.

Ciudadanía: Estadounidense.

País de residencia: “Estados Unidos”.

“Por favor explique en detalle la razón de su solicitud”, decía una pregunta, y su mente se vio inundada con muchas posibles respuestas: un mal momento, dinero, política, familia, Rocío, Edwin, Heidi, Mia.

En el país en donde el presidente Obama inesperadamente le dio opciones, una de ellas le parecía la mejor.

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