Por CLAIRE GALOFARO

UVALDE, Texas, EE.UU. (AP) — Josie Albrecht conducía de forma frenética de casa a casa, repitiendo la ruta escolar que hace dos veces al día para llevar a los niños de Uvalde de forma segura a la escuela y de regreso.

Cuando les recogía, horas más tarde, mostraban alegres sonrisas, emocionados por las inminentes vacaciones de verano: fútbol, softball, libertad. Ella había planeado una fiesta con pizzas para celebrarlo esa tarde. Pero antes de que pudiera recogerlos y llevarlos a casa, un hombre armado entró en la escuela y empezó a disparar.

Unos días más tarde, Albrecht acudió a la plaza del pueblo y se dirigió hacia las 21 cruces blancas colocadas por los 19 niños y dos maestras, cuyas muertes dejaron grandes huecos en el corazón de un pequeño pueblo.

“Mi trabajo es llevarlos a casa. No llevé a mis pequeños a casa”, lloraba Albrecht una y otra vez.

En una localidad tan pequeña, de 15.000 personas, incluso los que no perdieron a un niño perdieron a alguien: su mejor amigo, el niño que vivía calle abajo y botaba el balón delante de casa, el chico que esperaba al autobús en la vereda, mochila en mano. Ven por todas partes los espacios vacíos que han dejado. Los asientos libres del autobús. El guante de béisbol que nadie se pone. Puertas a las que no llamarán para jugar. Ríos en los que no pescarán.

El ritmo de la localidad siempre ha girado en torno a los niños. Antes de que el tiroteo destrozara su mundo, “¿cómo le va a tu hijo?” o “tu hija jugó un gran partido” eran los comentarios más habituales al cruzarse con alguien conocido, lo que ocurre todo el tiempo porque todo el mundo se conoce. Si uno de los pasajeros de Albrecht se portaba mal, les recordaba que conocía a sus padres, abuelos y tíos.

Ahora, algunos dicen que su cercanía es una bendición y una maldición al mismo tiempo. Pueden apoyarse unos en otros en el duelo. Pero ahora todos ellos lloran a alguien.

Albrecht llama a sus pequeños pasajeros “mis niños”, y en las caóticas horas tras el ataque trató de averiguar con desesperación si habían llegado a casa a salvo. Condujo de una casa a otra. Llegó a la casa donde Rojelio Torres, de 10 años, esperaba cada mañana en la vereda con su hermano pequeño y su hermana. Siempre pedía sentarse en la parte de atrás porque allí se hacían “visitas” y le gustaba visitar. Era un niño carismático, divertido, dijo. Le encantaban los Takis picantes. Pero no estaba en casa. Su familia estaba de pie en el jardín, conmocionada y llorando. Albrecht supo lo que había ocurrido.

Unos días más tarde, llevó un autobús escolar de juguete a la cruz colocada en su memoria. “Te amo y te extrañaré”, escribió encima, y dibujó un corazón roto en el sitio donde solía sentarse, en la parte trasera.

La conductora lloraba, angustiada porque no había podido salvarle, y un médico local la abrazó. “No había nada que usted pudiera hacer”, dijo John Preddy, médico de familia, que asistió el nacimiento de dos de los niños fallecidos y los atendió a todos durante su breve vida, sus rodillas arañadas y sus narices con mocos.

“Uno se pasa la vida intentando mantenerlos con vida y ve crecer a estos niños”, dijo. ”En un segundo, él arrebató lo que sus madres y padres y sus abuelos y yo todos hemos hecho para que tuvieran buenas vidas y que estuvieran sanos y sacarlos adelante y hacer que tuvieran éxito en el mundo. Eso literalmente desapareció en cuestión de segundos”.

Miró a su alrededor en la plaza, que normalmente es un parque tranquilo rodeado de tiendas antiguas, el cine, una barbería. Ahora es el núcleo del duelo. Flores y regalos se amontonan ante las cruces y alcanzan más de medio metro (dos pies) de altura.

“Esto destruye vidas”, dijo Preddy, médico en el pueblo desde hace 30 años. “Es nuestra vida, estos niños son nuestras vidas”.

Intentó hacer el cálculo: 19 niños, cada uno con padres, abuelos, hermanos, tíos.

“Cuando uno empieza a sumar y lo amplía, esos chicos tienen miles de conexiones: profesores, conductores de autobús, la gente que les corta el pelo. Todo eso está interconectado”, dijo. “De modo que tocan las vidas de miles de personas, estos niños, prácticamente a todo el mundo en el pueblo”.

La gente dejó cosas que los niños atesoraban en vida y no volverán a tocar: una flor hecha con limpiapipas, una corona hecha con crayones, Hot Wheels, una corona de princesa, una pelota de béisbol en la que alguien escribió “buen juego”, una bolsa de pretzels cubiertos de chocolate.

Las cruces blancas estaban cubiertas de mensajes escritos con rotulador.

“Mamá te quiere”.

“Me comeré un malvavisco sólo por ti”.

“Cuidaré de tu abuela”.

La gente iba llegando a la plaza y se abrazaba mientras preguntaba “¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?”.

Necesitaban respuestas, dijo Preddy. La policía ha cambiado muchas veces su versión sobre su gestión, y finalmente admitió días después del ataque que los agentes reunidos en el pasillo de la escuela esperaron más de una hora antes de asaltar las salas donde se atrincheraba el tirador, mientras los niños que estaban dentro llamaban una y otra vez al 911, suplicando en susurros que les salvaran”.

Las cuestiones políticas también resuenan en todo el pueblo: Cómo pudo un joven con problemas salir de una tienda de armas con un arma diseñada para la guerra, días después de su 18vo cumpleaños, preguntaban Preddy y muchos otros.

Preddy, un conservador que posee armas, también se preguntaba cómo podía el país no haber hecho nada durante una década, desde que 20 alumnos y seis adultos fueron asesinados en la Escuela Primaria Sandy Hook en Newtown, Connecticut.

“Nuestros chicos no pueden vivir así, no pueden. No podemos dejar que mis hijos, mis nietos, vivan así el resto de sus vidas y las vidas de sus hijos”, dijo. “Simplemente no podemos”