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La penúltima semana de marzo, tuvo dos días de niebla.

Llegó en las primeras horas. ¡Tan lenta y suave! Caminaba por entre los árboles, se enredaba en las chimeneas, daba vueltas alrededor de las cúpulas de las catedrales y de los campanarios; ocultaba las torres enhiestas, se extendía sobre los lagos y los riachuelos. Se oían solamente los sonidos del agua porque la bruma invasora se arrastraba triunfante. Era hermoso verla en la mañana, tenue y mansa, con delgados hilos de seda mágicos, entre un leve sol apasionado que la enfrentaba, sigiloso, a la vez tibio y desprevenido. Pero la niebla, paso a paso fue ganando espacio en su recorrido sin distancia. Quisimos ir a buscarla por entre los parques y las calles húmedas y silenciosas. Diríase que había tomado forma, un aspecto fascinante y monumental. Caminar entre la niebla es un reto a lo desconocido, una emoción sin límite, un regocijo del alma, un diálogo con la naturaleza; es iniciar un sueño y como todo sueño es irreal, nos transportó a evocar la casa paterna con amplios ventanales siempre abiertos, que miraban al volcán del Ruiz, donde la niebla caminaba cierta, arrullada por el viento y fabricaba en  nuestra infancia los recuerdos imborrables. ¡Ya no es nostalgia el rito de esta niebla que caminaba ayer! Hoy es la misma que rondaba el silencio de los primeros años.

Al atardecer, niebla y noche se fundieron en una cerrada sombra espesa, altiva en su quietud, amenazadora en su firme decisión de permanencia; se estrechó fuerte contra todas las cosas, dominó el espacio y la oscuridad, forma poética, estructura para una quimera.

Hoy evocamos al poeta cubano José Ángel Buesa (1.910-1982), con su Poema de la Culpa:

“Yo la amé y era de otro, que también la quería./ Perdónala Señor, porque la culpa es mía./ Después de haber besado sus cabellos de trigo,/ nada importa la culpa, pues no importa el castigo.// Fue un pecado quererla, Señor, y, sin embargo/ mis labios están dulces por ese amor amargo./ Ella fue como un agua callada que corría…/ Si es culpa tener sed, toda la culpa es mía.// Perdónala Señor, tú que le diste a ella/ su frescura de lluvia y esplendor de estrella./ Su alma era transparente como un vaso vacío:/ yo lo llené de amor. Todo el pecado es mío.// Pero, ¿cómo no amarla, si tú hiciste que fuera/ turbadora y fragante como la primavera?/ ¿Cómo no haberla amado, si era como el rocío/ sobre la hierba seca y ávida del estío?// Trataré de rechazarla, Señor, inútilmente,/ como un surco que intenta rechazar el simiente./ Era de otro. Era de otro que no la merecía/ y por eso, en sus brazos, seguía siendo mía.// Era de otro, Señor, pero hay cosas sin dueño:/ las rosas y los ríos y el amor y el ensueño./ Y ella me dio su amor como se da una rosa/ como quien lo da todo, dando tan poca cosa…// Una embriaguez extraña nos venció poco a poco:/ ella no fue culpable, Señor… ni yo tampoco/ La culpa es toda tuya, porque la hiciste bella/ y me diste los ojos para mirarla a ella.// Sí, nuestra culpa es tuya, si es una culpa amar/ y si es culpa de un río cuando corre/ hacia el amar./ Es tan bella, Señor y es tan suave y tan clara,/ que sería pecado mayor si no la amara.// Y por eso, perdóname, Señor, porque es tan bella,/ que tú, que hiciste el agua y la flor y la estrella,/ tú, que oyes el lamento de este dolor sin nombre,/ tú también la amarías, ¡si pudieras ser hombre.”

Bertha López Giraldo

bonitasanclair@hotmail.com